Política al servicio propio

martes, enero 18, 2005
El arte de la política en la Argentina es vastamente despreciado como un siniestro fin en sí mismo, mas rara vez la política ha sido tan flagrantemente puesta al propio servicio como en estas últimas semanas en la provincia de Buenos Aires. Las facciones rivales de los peronistas bonaerenses — lideradas respectivamente por el gobernador Felipe Solá (con el apoyo encubierto del presidente Néstor Kirchner) y por Eduardo Duhalde, predecesor de ambos — ni siquiera simulan tener algún interés en gobernar responsablemente o en atender las prioridades de la ciudadanía, como la lucha contra la delincuencia. En su lugar, están empeñados en una puja desnuda por el poder, en que procurar el descrédito del otro — y por lo tanto de la política toda — parece ser su arma principal.
Como el ladrón que juzga a todos según él mismo, los duhaldistas empezaron a embarrar a los otros el mes pasado, cuando acusaron a Solá de crear 14.000 nuevos puestos públicos en el presupuesto de 2005 con el fin de establecer su propio aparato político de activistas locales a través de la provincia: fue ésta una de sus razones para valerse de su propia mayoría en la legislatura provincial para hacer aprobar el presupuesto sin “superpoderes” para reasignarlo (el veto de Solá todavía pendía sobre el presupuesto al escribirse este editorial). El sector de Solá recientemente devolvió el golpe acusando al bloque duhaldista de crear una “caja negra” con fines de clientelismo político.
Algunas personas podrán creerle al lado de Solá en esta historia, y otras creerle al de Duhalde, pero la abrumadora mayoría, observando los orígenes comunes de Duhalde y Solá en el aparato peronista bonaerense, probablemente aceptará ambas series de acusaciones y pensará lo peor de todos los políticos. Esto es un problema para una provincia que alberga casi el 40 por ciento de la población de la Argentina, aunque también un problema para el país todo, dado que Kirchner tan visiblemente dependía del apoyo de Duhalde para llegar a la presidencia en 2003. Paradójicamente, el hecho le fue refregado en la cara misma del presidente el miércoles, no por ningún adversario sino por un presuntamente kirchnerista partidario de Solá quien acusó a Duhalde de “condicionar la demo-cracia”: tanto barro arrojado por doquier en medio de esta vendetta tiene la peculiar característica de quedar pegado en ambos lados. Como gobernantes de la provincia desde 1987, los peronistas bonaerenses, de manera complaciente, se imaginan a sí mismos en el poder para siempre, pero si las destructivas luchas internas continúan en esta escala hasta octubre, podríamos entonces tener una agradable sorpresa.

Peronismo contra Peronismo

lunes, enero 10, 2005
Que el pueblo argentino siga apoyando mayoritariamente a los herederos políticos de Juan Domingo y Eva Perón, quienes pusieron las bases de la decadencia y la ruina del que fue uno de los países más ricos y prósperos del mundo, sería, sin duda, uno de los grandes misterios de la política... si no fuera porque la mayoría de los argentinos todavía padece el hechizo de la “justicia social” peronista y aún creen que su país, como aprendieron en la escuela, dispone de inagotables riquezas que, adecuadamente distribuidas –y por muchos que sean los bocados que los “distribuidores” guarden para sí y para sus clientelas–, bastarían para procurar a todos los argentinos un nivel de vida comparable al que disfruta la clase media estadounidense.

Aunque la opción liberal representada por López Murphy obtuvo un 16,5 por ciento de los sufragios, lo que la consolida como alternativa al peronismo en sustitución de la Unión Civica Radical –el partido de Alfonsín y De la Rúa cuyo candidato apenas superó el 2 por ciento de los votos–, serán las dos corrientes mayoritarias del peronismo, representadas por Carlos Menem
(24,3 por ciento de los votos) y Néstor Kirchner (21,9) las que disputen la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Sumado el 14 por ciento obtenido por Rodríguez Saa, el voto peronista contabiliza una holgada mayoría del 60 por ciento.

Es cierto que los programas de Menem y de Kirchner son casi diametralmente opuestos. Kirchner, el candidato de Duhalde, representa el discurso peronista clásico anclado en el populismo, el subsidio, el intervencionismo y el nacionalismo económico; mientras que el de Menem, semejante en algunos puntos al programa de la convertibilidad y a la opción liberal de López Murphy, apuesta por la reforma de la Administración y por las rebajas impositivas para incentivar el consumo y relanzar la economía, de tal forma que sea posible recaudar lo suficiente como para obtener superávit presupuestarios que permitan hacer frente al pago de la deuda externa.

Sin embargo, serán los sindicatos, los árbitros tradicionales de la política argentina, quienes tengan la última palabra respecto al programa que uno u otro candidato finalmente lleven a cabo. No es ningún secreto que fue Duhalde, después de apartar a Menem del liderazgo del peronismo y de perder las elecciones contra De la Rúa, quien se encargó de dinamitar el gobierno de este último apoyándose en las mafias sindicales de la provincia de Buenos Aires, bajo su control. López Murphy, que ofrecía la última esperanza de salvar la convertibilidad y evitar el posterior hundimiento financiero y económico de la Argentina, fue literalmente expulsado del gobierno de De la Rúa por las violentas movilizaciones sindicales, a las que también el entonces presidente finalmente sucumbió después de 17 huelgas generales. Prueba de ello es que Duhalde no ha sufrido ni una sola huelga en su año largo de mandato –ilegítimo–, precisamente cuando Argentina estaba tocando fondo y, en uno de los principales países productores de alimentos del mundo, hubo muertes por desnutrición. Y es evidente que Kirchner, el candidato de Duhalde, heredaría el respaldo sindical de su antecesor.

También Menem presume de su control sobre los sindicatos –excluido Buenos Aires– y de su influencia en el justicialismo. Por ello, el próximo 18 de mayo supondrá una reedición de la pugna entre Menem y Duhalde por el liderazgo del Partido Justicialista o, lo que es casi lo mismo, por el apoyo sindical. Y no es ningún secreto que el precio a pagar por ello es la perpetuación, de una u otra forma, del cáncer que ha carcomido a la Argentina durante más de cinco décadas: el estatismo y el subsidio. Únicamente hay que decir a favor de Menem –quien, por cierto, podría aprovechar su posible investidura como presidente para escapar a los juicios por corrupción que tiene pendientes, entre los que destaca el tráfico ilegal de armas a Oriente Medio– que al menos es consciente de que es preciso aplicar recetas económicas ortodoxas, aunque sólo sea para poder generar la riqueza con que pagar el chantaje sindical.