Congreso K, contrapeso ausente

martes, noviembre 23, 2004
El Poder Legislativo cobija las disidencias internas del oficialismo pero legisla a medida del Presidente

Temerosos, con razón, de que algún día el Poder Ejecutivo pudiera avasallar al Legislativo, los constituyentes de 1853 no llegaron a afligirse por el riesgo de una sumisión voluntaria de diputados y senadores a los deseos del presidente de turno. Debe admitirse que, en términos políticos, esta tendencia -descripta con un dégradée que recurre, según el caso y la posición del observador, a las expresiones acompañamiento político, alineación parlamentaria, disciplina partidaria, lealtad, obediencia, seguidismo, obsecuencia o genuflexión- no comenzó de súbito al brotar un Congreso cortés con el presidente Kirchner, que de eso se trata.

Juan Domingo Perón, como nadie, impregnó de verticalismo, a lo largo de sus tres gobiernos, las prácticas institucionales argentinas. Pero ya a Hipólito Irigoyen se le reprochaba ese tipo de menoscabo del sistema republicano, en su caso subsanado, vaya paradoja, con la medicina fulminante del cierre del Congreso implícito en el golpe de Estado de 1930 (explicaría Ricardo Rojas dos años después que uno de los pecados de Irigoyen fue "haber anulado el control del parlamento por un mal entendido sentimiento de solidaridad partidaria").

La tendencia, claro, existía. No es diseño K. Pero ahora, en vez de inhibirse ante las arengas oficiales en pro del saneamiento de las instituciones y de la política de la nueva era, luce robustecida y cristalizada. Además, se ha tercerizado. "Es peor que antes -dice el diputado Eduardo Macaluse, jefe del bloque del ARI- porque el Gobierno saca por decreto temas simpáticos, mientras los temas que deben pagar costos políticos se los tira al Congreso, al que también se desprecia con escasas visitas de ministros."

En asuntos dinerarios, la subordinación al Poder Ejecutivo dejó de ser ocasional, de depender del acompasado levantamiento de brazos, para consagrarse por ley mediante un sistema de renovación periódico que, por acostumbramiento, ya casi forma parte del inventario institucional. Quien quiera correr el velo chino de estas semanas corroborará que es la época: en primavera, para el Congreso reverdece la crisis y en su nombre el oficialismo justicialista, patrón de ambas cámaras, le ofrenda poderes al Ejecutivo. Unos poderes viajan del Congreso a Plaza de Mayo en el formato del Presupuesto Nacional, otros a bordo de la ley de Emergencia Económica.

La tercerización obedece a la novedosa bicefalía del peronismo. El núcleo duro de los diputados oficialistas, es decir, el grueso de la Cámara baja, ya no vota, como otrora, lo que quiere el Presidente sino aquello que el jefe extraparlamentario, el líder territorial Eduardo Duhalde, a estos efectos oficialista sostenido, entiende que se debe votar. Hasta ahora, todo lo que se debía votar coincidió con todo lo que Kirchner pedía.

Ya que la palabra verticalismo había sido patentada por los peronistas, decían quienes habitualmente gastan suela en los pasillos del Palacio Legislativo que en tiempos de Raúl Alfonsín -por mofa o por resignación-, en la casa había "sirraulismo". La década siguiente se lo llamó "sicarlismo". Pero ahora la superposición de liderazgos complica a los neologistas -los más ilustrados prefieren decir que hay un congreso refrendatario-, junto con la abolición de fronteras ideológicas nítidas. Por eso a veces no se entiende bien la composición de las votaciones. Aunque sí su resultado, invariablemente consonante, en cuanto a leyes sustantivas, con el gusto de la Casa Rosada.

Parte de la confusión, cierto desorden coreográfico en el momento de votar, surge de distorsiones preliminares, según se puede observar con nitidez en el Senado. Se supone que allí han llegado, de cada provincia, dos senadores por la mayoría y uno por la minoría, adicional pluralista introducido en la Constitución de 1994. Sin embargo, hoy los tres bonaerenses (Antonio Cafiero, la duhaldista Mabel Muller y la frepasista Diana Conti) confluyen a menudo como oficialistas. Los tres cordobeses (Roberto Urquía, Haydé Giri y el transversal Carlos Rossi) también suelen votar juntos las leyes del Gobierno. Y otro tanto ocurre con los tres riojanos, que a pesar de lo que pretendía la nueva Constitución son todos peronistas (Eduardo Menem y Ada Mazza, representantes formales de la mayoría, actúan como menemistas disciplinados, y Jorge Yoma, de la minoría, apoya todo, como no podía ser de otro modo tratándose nada menos que del presidente de la Comisión de Acuerdos).

Gelatinosas medianeras

También hay rarezas en la oposición: el Frente Cívico Catamarqueño tiene dos senadores que están afuera del bloque radical, compuesto por quince miembros, mientras un representante de esa misma corriente (Horacio Pernasetti) es quien preside en Diputados el bloque de la UCR. Sólo son ejemplos de lo complejo que es hoy el mapa político parlamentario, cuyas gelatinosas medianeras fatigan a quien quiera encarar un análisis sistemático del modo en que se votan las leyes de Kirchner y entender cómo llegan a ser aprobadas en medio de ausencias, abstenciones y rechazos de subgrupos mutantes de legisladores justicialistas.

En ciertas ocasiones el oficialismo senatorial sufrió para obtener la aprobación de una ley. Un caso reciente fue la ley de Responsabilidad Fiscal, que en medio de fuertes discusiones dentro del PJ terminó aprobada apenas por 29 a 25, lo que equivale a decir que sólo estuvieron en sus bancas 54 de los 71 senadores, se presume que no por una epidemia de gripe sino porque la ausencia en el momento de votar es considerado un recurso legítimo para no contravenir conciencias irritadas. Como el PJ supera cómodo el quórum, que es 37 -tiene 41 bancas propias, además de los kirchneristas extrabloque-, le toca a su jefe, el hábil Miguel Pichetto, administrar las disidencias, esto es, asegurarse de que una ley esencial conseguirá, mediante un delicado equilibrio entre voto positivo, negativo, abstención y ausencia, ser aprobada, y a la vez permitirá descomprimir las tensiones.

"Nosotros nos comprometemos con el Gobierno en las buenas y en las malas", dijo Pichetto en el recinto cuando se discutía la prórroga de la Emergencia Económica, finalmente aprobada por 34 a 27.

Se sabe que José María Díaz Bancalari, líder del PJ en Diputados y consabido puente político entre Kirchner y Duhalde, sufre menos con la aritmética parlamentantaria, aunque al igual que las demás autoridades oficialistas de ambas cámaras prefirió no explayarse cuando LA NACION lo quiso consultar sobre este tema, el del alineamiento del Congreso con el Ejecutivo. Una mayoría absoluta de 130 diputados justicialistas -casi el triple de los que tiene la siguiente fuerza, el radicalismo-, aun con cierto grado de indisciplina, le ha permitido hasta ahora hacer aprobar las leyes requeridas por Kirchner más o menos en tiempo y forma.

"Las supuestas diferencias en el oficialismo son pour la gallerie -dice el jefe radical Pernasetti-; al final, transversales, kirchneristas, neokirchneristas y justicialistas de pura cepa votan casi siempre juntos". Y cuando las cuentas vienen ajustadas Pernasetti opina que el gran equilibrista que permite sacar las leyes que el Gobierno quiere es Eduardo Camaño, el presidente de la Cámara. El mismísimo artículo de los superpoderes contenidos en el Presupuesto salió aprobado por una diferencia de apenas ocho votos, pero salió. Eso significa que decenas de diputados oficialistas evacuaron su desacuerdo y también significa que ni esa vez, ni ninguna otra, el Ejecutivo se privó de lo que buscaba.

Por Pablo Mendelevich